
Nuevo culto a Atón
«Conectándolo con otros historiadores más,
se ha encontrado pruebas definitivas
de que Akhenatón = Moisés.
Como el que guía al pueblo elegido
a su tierra prometida; Israel.»
Swaruu de Erra.
Enki, Enlil, Elohim, Anunnaki – ¿Quiénes son?
Video de Agencia Cósmica, Gosia.
Keh-met. Imperio Nuevo. XVIII dinastía.
Hace 6.850 años.
A pesar de que la nueva estructura social aceptada en la sociedad de Keh-met comenzaba ya a tener un claro parecido a las jerarquías de la corporación reptil y se iba adaptando a los intereses regresivos, todavía era necesario hacer algo más. Había que desconectar a la población de la Fuente Original y también de sus dioses antiguos que tanta buena vibración los generaba. Había que sustituirlos por otros de creación reptil al igual que se hizo en la Atlántida. En realidad, había que crear básicamente un nuevo culto solar, que sustituyese al que tenía los lirianos de Keh-met.
Tras la muerte de Hor-Aha trascurrieron más de dos mil setecientos años y diecisiete dinastías más. Durante ese tiempo la interferencia reptil no cesó. Los intentos de dominar a las gentes del lugar y doblegarlas para convertirlas en esclavos sumisos y extraer su energía loosh no se detuvieron, aunque el resultado no fue el esperado ya que se encontraron con más resistencia de la que habían imaginado.
Después del primer noble supremo Hor-Aha, que no permitió que las fuerzas del mal se salieran con la suya, hubo muchos reyes que combatieron a los reptiles con mayor o menor fortuna y otros que favorecieron la expansión de ideas y creencias draconianas, pero que no fueron aceptadas grandemente por la población y estuvieron muy confrontadas por la gran mayoría de los sacerdotes que aun salvaguardaban los antiguos preceptos, enseñanzas espirituales y veneraban al sol, Amón-Ra, y a las antiguas divinidades.
Todos ellos, no solo rechazaban esas creencias, sino también a los reyes que intentaban imponérselas. Estos reyes mal avenidos con el pueblo de Keh-met procedían de la nobleza de los hicsos, que habían invadido el sur de Keh-met hacía quinientos años mientras se erigían reyes del norte gracias a las argucias y manipulaciones en la sombra de los reptiles regresivos.
Los poco amados hicsos habían gobernado en Keh-met hasta que el primer rey de la décimo octava dinastía, Amosis I, un rey digno, fuerte e incorruptible, dirigió a su pueblo en una exitosa revuelta contra los invasores y los expulsó de las tierras de las pirámides. Sin embargo, mucha de la nobleza hicsa permaneció en Keh-met y astutamente fingió no ser una amenaza para el statu quo, manteniendo a altos cargos en la corte del rey. Esta nobleza oscura sería la que mantendría subrepticiamente el culto a la nueva deidad ideada por la corporación reptil.
Gracias a la influencia regresiva reptiliana y a través de las semillas oscuras y las parasitaciones a los hicsos, se había creado un nuevo culto que se centraba en la superioridad de un nuevo dios llamado Atón, disco solar, que simbolizaba el dios del sol negro que era Saturno con sus anillos. Estas entidades regresivas estaban intentando imponer a Atón por encima de los demás dioses antiguos. La adoración al sol negro representaba, en cierto modo, una religión con una base monoteísta, dejando al resto del panteón de dioses de Keh-met fuera de todo culto.
Sobre todo, la supresión de las creencias politeístas en manos de los regresivos seguidores de Atón era un intento de imponer un culto solar masculino y eliminar el culto, no solo a los dioses antiguos en general, sino más concretamente el culto a las diosas Amonet, Bastet, Isis, Hemsut, Hathor, Sekhmet y muchas otras más. Esto era, a todas luces, una venganza contra la mujer y de todo lo femenino, por parte de la corporación reptil en clara alusión a lo que las lemurianas-taygeteanas hicieron al liberar al pueblo esclavo de la Atlántida.
En este nuevo culto, el propio rey sería el intermediario entre Atón y el pueblo, siendo realmente este dios el control regresivo en Saturno y desde donde el rey recibiría órdenes a través de sus asesores en la corte, siendo muchos de estos habitados por semillas estelares oscuras o bien siendo parasitados o bien siendo reptiles, ya fueran metamórficos o no. Gracias a la intervención de algunas semillas estelares positivas —step-downs, walk-ins y ahora que la tecnología lo permitía, semillas en inmersión—, también infiltradas en la corte, los ímpetus reptiles había quedado bastante reprimidos y se pudieron evitar ciertos inconvenientes que la imposición de esta nueva religión hubiera causado en la sociedad de Keh-met.
Pero con la victoria de Amosis I sobre los hicsos no se acabó todo. A pesar de los inoportunos tropiezos, la corporación reptil no cejaba en su empeño. Sabía que, imponiendo a Atón como único dios, sería más fácil el control mental de los lirianos y la generación de loosh. Tenían que aplicar nuevas estrategias y la siguiente sería tener un rey que tuviera ADN reptil, fuera de carácter fuerte, despiadado, implacable y obedeciera las órdenes desde el control de Saturno sin cuestionarlas. Para conseguir esto, había que lograr intervenir en la línea sucesoria del rey que gobernara en aquel momento si se daban las condiciones oportunas.
Y las condiciones oportunas se dieron. Amenofis III era el noveno rey de la décimo octava dinastía. Por sus venas corría sangre de la nobleza hicsa, pero no por las de su esposa Tiy. Tiy, tremendamente carismática, había llegado a alcanzar una gran e impensable popularidad en la familia real. Era demasiado espiritual, influyente y magnánima para el gusto de los controladores regresivos que la veían como un peligro para los planes reptilianos. Su sabiduría y su predisposición al culto de las antiguas divinidades y sobre todo a Amón-Ra era un obstáculo para la imposición de Atón en Keh-met.
Cuando Tiy se quedó embarazada de su segundo hijo llegó la ocasión de oro para que los reptiles volvieran a las andadas. Dada su naturaleza de alta vibración y conexión con la Fuente era necesario intervenir y controlar el embarazo de la reina. Para ello, las fuerzas oscuras, a través de los grises altos o maitrés la abdujeron para manipular el ADN del bebé, hibridarlo con ADN reptil y controlar así su frecuencia. Durante el embarazo estuvieron pendientes de la evolución del bebé y de la frecuencia no solo del niño, sino también de la madre.
Al llegar a término el embarazo, Tiy dio a luz un niño que era un claro ejemplo de reptil con aspecto liriano al que llamaron Amenofis IV, cuyo nombre significaba “Amón está satisfecho”. A pesar de estar rodeado del culto a Amón, la nobleza hicsa, encargada de su educación, comenzó a adoctrinarle cuando llegó el momento bajo las premisas de una ideología encaminada al culto de Atón, intentando borrar todo atisbo de los antiguos dioses y de Amón-Ra. El único dios real era Atón y ese niño estaba predestinado a ser su intermediario, en todos los sentidos.
Una vez muerto el rey, la reina viuda Tiy había sido testigo del ascenso al trono de su hijo Amenofis IV ya que su hermano mayor, Tutmosis, el príncipe primogénito, sumo sacerdote de Ptah y verdadero heredero del trono, también había fallecido de manera muy sospechosa. Todo tenía tientes de haber sido planificado minuciosamente por las entidades regresivas en cuerpos de la nobleza hicsa que protegían y velaban por el bienestar de Amenofis IV y custodiaban las conexiones con el control de Saturno.
A sus cinco años de reinado había llegado la hora de dar el golpe de gracia a la sociedad de Keh-met con la instauración oficial del culto solar de Atón y la prohibición de seguir otros cultos diferentes. Para ello Amenofis IV se cambió al nombre a Akhenatón que significaba “agradable a Atón” con lo que hacía un guiño y mandaba un mensaje claro de sumisión y obediencia a la corporación reptil, su dios verdadero situado en los anillos de Saturno.
Akhenatón se impuso también el título de general y continuamente enfatizaba que él, y solo él, tenía el derecho de ser el único que podía conectar con el nuevo dios Atón, siendo Atón mismo encarnado en la Tierra. Él era el intermediario para esta nueva vida divina en Keh-met. El único dios de Keh-met ahora estaba mediado a través de él. Al final del «Gran Himno a Atón» se había escrito: «No hay nadie que te conozca, excepto tu hijo, Akhenatón». Akhenatón era la prueba palpable de la victoria de la corporación regresiva y la nueva forma de gobernar el mundo. Era el títere y vasallo manejable y dócil que tanto ansiaban encontrar las entidades reptilianas.
Como consecuencia del proceso de sustitución del antiguo orden establecido en torno al culto de Amón por el culto a Atón, se produjeron fuertes conflictos entre los sacerdotes tradicionalistas y parte de la población. Akhenatón se estaba colgando el estatus de «Dios todo poderoso” ignorando al resto de Keh-met y aboliendo por la fuerza la adoración de todos los demás dioses. Se atrevió también a cancelar el apoyo financiero de los templos dedicados a dioses antiguos amados y adorados durante milenios que no eran otros que los mentores de las razas extraterrestres que ayudaron a desarrollar la civilización y que se marcharon cuando empezaron a ser tomados como dioses.
El antiguo culto amonista estaba muy arraigado entre la población que hasta ese momento era politeísta y muy pocos habitantes compartieron los sentimientos del rey o pensaron que lo de adorar solo a Atón era una buena idea. Akhenatón solo tenía el apoyo de los miembros de su familia entre los que se encontraba su esposa Nefertiti y su hija Meritaten —amada de Atón— y secuaces y guardias especialmente contratados de lugares extranjeros para protegerlo. Más importante aún, parecía tener el respaldo de los sacerdotes de Keh-met del norte que tenían raíces muy profundas con los hicsos.
Su reinado no solo implicaría cambios en el ámbito religioso, sino también en el político. Akhenatón, con su ADN reptil, decidió hacer lo que ningún rey anterior. Su preocupación no era espiritualizar el país. Por el contrario, sus reptilianas decisiones sirvieron para desespiritualizar a las gentes de Keh-met y desconectarlas de la Fuente Original que era el sueño de la corporación reptil.
Akhenatón estaba demasiado imbuido en sus quehaceres reales y no había prestado atención a su hermano menor Semenejkara. Éste albergaba una semilla estelar positiva que había sido infiltrada en la familia para vigilar los pasos del rey. La educación de Semenejkara no había sido tan estrecha e incisiva como la de su hermano con lo que seguía aferrado al culto solar de Amón-Ra y al de las divinidades antiguas y se mostraba cauto a la hora de hablar abiertamente de sus preferencias religiosas y espirituales dentro de la familia.
Aunque lo que realmente deseaba Semenejkara era reinstaurar una sociedad holística como la que había existido en el Keh-met predinástico. En la corte intentaba hacer sugerencias y algún que otro reproche a su hermano, aunque la mayor parte del tiempo se dedicaba a observar cómo Akhenatón gobernaba. También echaba un ojo a Nefertiti y a la deriva demencial de su sobrina Meritaten, atonista hasta los tuétanos y que cada vez se hacía más despótica y vehemente contra los amonistas.
A pesar de los reproches de Semenejkara, Akhenatón seguía prohibiendo, e incluso condenando, el culto a cualquier dios que no fuera Atón. Las fronteras del reino se estaban debilitando a pasos agigantados y hordas extranjeras amenazaban con conquistar el territorio de Keh-met. La pobreza aumentaba peligrosamente. Semenejkara, viendo que la situación estaba yendo muy lejos, se planteaba devolver las aguas a su cauce, aunque lo tenía difícil.
Sin embargo, llegó un momento en que las acciones de la familia contra los que no seguían el culto a Atón se hacían cada vez más duras y despiadadas, lo que llevó a Semenejkara a enfrentarse sin tapujos a Akhenatón recriminándole su forma de gobernar contra aquellos que adoraban a otros dioses diferentes a Atón. Más tarde, cuando los enfrentamientos entre los dos hermanos se hicieron más directos e intensos, Semenejkara decidió mostrar su verdadero carácter amonista cambiando su nombre de nacimiento por el de Ra-mss, que se pronunciaba Ramsés y significaba “engendrado por Ra.”
No obstante, Akhenatón, a pesar de su genética reptil, pasó a un segundo plano y se convirtió en un títere a manos de la reina Nefertiti y de su hija Meritaten, mucho más fuertes de carácter, despóticas y de un gran poder de convicción. Este movimiento político fue del agrado del control reptil de Saturno ya que consideraba un refuerzo importante en la ofensiva sauroide contra los lirianos amonistas. Meritaten, además, estaba casada con Mil, el rey de los escitas, que era un invitado privilegiado y residente de la corte de Akhenatón y mejor consejero militar. Y por supuesto, un indiscutible y abnegado atonista.
Nefertiti era realmente la que gobernaba en Keh-met junto con el ejército que logró reunir fuera de aquellas tierras y establecía las duras políticas monoteístas. Con ella en el poder se creó el Cabal terrestre con una estructura que era copia de la estructura reptil. A partir de ese momento gobernaría en la sombra mientras el rey acataba sus órdenes y las de Saturno y daba la cara frente al pueblo de Keh-met. Entonces, algunos miembros de la población convencidos por la dialéctica de la reina empezaron a seguir a Nefertiti y también a su hija, mientras que el resto seguían a los sacerdotes que sostenían el politeísmo del antiguo Keh-met.
Meritaten, atonista impetuosa y recalcitrante, decidió oponerse, con el beneplácito de su madre, de manera mucho más contundente a los disidentes amonistas utilizando la fuerza bruta y empleando el ejército de Nefertiti. Ante tal demostración de poder, los seguidores de los antiguos dioses comenzaron a perder el control frente a Meritaten mucho más poderosa y militarmente más preparada. La balanza estaba desequilibrada a pesar de que los amonistas representaban un porcentaje muy elevado de los habitantes de Keh-met en relación con los exiguos atonistas. Ramsés se unió al pueblo y encabezó la revuelta contra el rey, la reina, la princesa y el poderoso Mil.
Cuando todo parecía indicar que el yugo reptil caería inexorablemente sobre las cabezas amonistas y se darían un festín de sufrimiento, miedo, terror y muerte, sobre el cielo de Keh-met se vislumbró una formación extraña de objetos de diferentes tamaños que parecían pájaros sin alas y que se acercaban a tierra como flotando. Los extraños objetos resultaron ser naves extraterrestres pertenecientes a varias razas que venían a apoyar la revuelta de Ramsés y de su pueblo y hacer frente al ejército de Meritaten con armas mucho más avanzadas y poderosas.
A pesar de la prohibición expresa de la Alianza de no volver a la Tierra, las naves hicieron caso omiso a la primera directiva y ante la gravedad del ataque sauroide se dejaron ver y aterrizaron en Keh-met tras haber estado observando desde órbita lo que estaba ocurriendo. En un momento dado habían decidido intervenir físicamente en el lugar y no dejar a los lirianos solos. Entendieron obviamente que no se trataba de un problema creado por los lirianos y que debía resolverse por los lirianos. Los lirianos no tuvieron nada que ver con este ataque reptil y debían ser ayudados por mucho que se opusiera la Alianza con excusas metafísicas más o menos elaboradas y cuya delegación se situaba justamente en la órbita de Saturno.
Tras el aterrizaje y para sorpresa de todos, de las naves bajaron varias personas. Hizo presencia una mujer que se identificó como Isis, una de las mentoras ancestrales y fundadoras de Keh-met, y que era una de las extraterrestres que había permanecido en aquellas tierras después de que la Alianza aplicara taxativamente la primera directiva y prohibiera a las razas integrantes a permanecer en la Tierra con la exención dada para aquellos individuos, que, a título personal, quisieran quedarse.
Entre aquellos que se quedaron estaba Isis y que finalmente tuvo que irse porque los habitantes de Keh-met los habían convertido en dioses. Después bajaron de sus naves Osiris, Sekhmet y otras figuras relevantes del panteón divino antiguo. A estos los acompañaban otras razas interestelares muy poderosas como urmah, engan y la taygeteana.
Gracias a cantidades ingentes de monumentos y estatuas donde estos seres divinos habían quedado inmortalizados, la mayoría de ellos fueron reconocidos de inmediato por todas las personas que vieron el acontecimiento. Su sola presencia ahí convenció al pueblo de que seguir el nuevo culto de Akhenatón y Nefertiti era una maniobra de los regresivos para conducirlos nuevamente a la esclavitud y al control mental.
A pesar del poderío de estas razas interestelares, los reptiles no desaprovecharon la ocasión para comenzar el enfrentamiento entre ambos bandos; uno encabezado por Nefertiti y Meritaten y el otro por Ramsés e Isis. Con una más que evidente demostración de fuerza, Isis y Ramsés frenaron bruscamente las pretensiones atonistas desmantelando a Nefertiti, Akhenatón, Meritaten y su ejército, consiguiendo que una vasta mayoría del pueblo liriano de Keh-met se mantuviera a favor de las antiguas creencias y rechazara el nuevo culto.
Ahora, con la mayoría del pueblo en contra de los atonistas y el ejército de Nefertiti desarmado y controlado por el poder de fuego de las naves extraterrestres, Akhenatón, la reina, su hija Meritaten, su esposo y los pocos seguidores que todavía apoyaban al rey y mantenían su culto a Atón fueron obligados a abandonar las tierras de Keh-met y comenzar un éxodo interminable.
Antes de irse, Akhenatón se llevó el arca que contenía la biología de la Tierra que Isis introdujo allí para evitar su destrucción durante un cataclismo como el de Tiamat u otros futuros y que algunos taygeteanos habían guardado en la base subterránea de Keh-met después de que fuera sellada por la Alianza. Akhenatón tenía la fuerte convicción de que el arca podría ayudarle en el futuro a recuperar el trono perdido porque pensaba que era un objeto de poder, ya que ningún ejército que tuviera el arca ante ellos podría ser derrotado. Se dijo, sin conocer muy bien su funcionamiento, que cualquiera que tuviera el arca se volvería invencible.
Tras la marcha de Akhenatón, su corte y sus acérrimos seguidores, las razas extraterrestres que vinieron a apoyar a Ramsés se fueron por el mismo camino por el que vinieron sin dejar rastro de su estancia en Keh-met. Después de eso Ramsés tomo el control y gobernó interinamente durante 3 años e hizo algunas mejoras hasta que cedió el trono a Tutankamón. Durante su corto gobierno, intentó acabar con todo resquicio de culto atonista, recuperar la sociedad holística predinástica y devolver a Keh-met su esplendor de antaño.
Gracias a esos cambios, se favoreció el desarrollo espiritual, de la literatura, de las ciencias y le permitió erigir grandes construcciones. Pero años más tarde fue realmente el rey Horemheb, inteligente y hábil militar, el adversario y vencedor del culto de Atón y restaurador de los antiguos dioses y tradiciones.
A la muerte de Horemheb, Akhenatón, con sus sesenta años, intentó regresar a Keh-met y reclamar el trono desafiando la autoridad del otra vez autoproclamado rey Ramsés. Sentía, con razón, que todavía tenía el apoyo de los sacerdotes y de los descendientes de los hicsos. Aun así, llevaba consigo el arca para amedrentar a sus adversarios, pero que jamás pudo utilizar ya que la IA del artefacto no lo reconocía como persona de raza taygeteana o autorizada para usar el dispositivo.
Los lirianos de Keh-met, no queriendo una repetición de su despotismo, se unieron de nuevo a un anciano Ramsés, quién se encargó de que Akhenatón y su pandilla de reptiles atonistas se mantuvieran bajo vigilancia y no entraran en Keh-met. Claramente, este rechazo avergonzó a los atonistas y, con resentimiento y rabia, se marcharon jurando venganza. Jamás volverían a tener conexión con la tierra, la gente y las costumbres de Keh-met.
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