
Atlántida, Lemuria y el nuevo orden reptil
«La Atlántida era una civilización planetaria.
Es decir que estaba en toda la Tierra, como la de hoy.
Entonces, Tartaria sólo se refiere a regiones
dentro de la misma civilización de la Atlántida.
Solo que la Atlántida misma tenía como puntos
principales o capitales una ciudad grande debajo
del agua del Triángulo de las Bermudas, otra en
Turquía, otra más en África (Ojo del Sahara),
entre otros lugares.»
Anéeka de Temmer.
Video publicado el 13 de noviembre de 2020
por Despejando Enigmas, Robert.
La Tierra. Nuevo orden posbélico.
Aproximadamente desde los 36.000 hasta los 15.000 años, marco temporal terrestre.
Como en todas las guerras pasadas y en las que, desgraciadamente, quedaban por acaecer, la vida de los que habían superado la primera guerra antigua cambiaría inexorablemente. Sin embargo, en los planes sauroides se especificaba claramente que, para conseguir sus objetivos, la vida de los supervivientes debía permanecer como antes de la invasión o cambiar a mejor o, al menos, eso debían de percibir los perdedores.
Conscientes de que el aspecto físico reptil distaba grandemente de la fisionomía humanomorfa del liriano y que la interacción entre ambas civilizaciones debía ser fluida para poder progresar en los puntos de su agenda, los usungal habían decidido poner en práctica varias acciones para ver cómo se podía interactuar de manera más sencilla con los lirianos con el fin de que estos acogieran de buen grado los mandatos y leyes de su nuevo gobierno reptil. Cuanto menos se dejaran ver, mejor y más rápida sería la evolución de sus planes y menos rechazos tendrían por parte de los lirianos.
Había tres modelos de interacción con la población sobreviviente. El primero consistiría en introducir entre los todavía existentes consejos escalonados de la sociedad holística liriana algún reptil con la facultad de cambiar de forma y que tuviera la capacidad de liderazgo suficiente para influenciar al resto de miembros de dichos consejos. El segundo, y el que podría dar mejores resultados a corto plazo, consistiría en seleccionar de entre los lirianos o de otras razas humanomorfas, los más ineptos y ambiciosos títeres para convertirse en leales testaferros de su gobierno con el fin de suscitar a los miembros de los consejos planetarios y al resto de la población superviviente —los prisioneros de guerra y esclavos— el poner toda su confianza en seres de morfología igual a la de ellos. Dichos testaferros, a los que se les ofrecerían todo tipo de prebendas y privilegios, promoverían las políticas reptiles como si de ellos mismos nacieran. Pero por detrás estaría la mano criminal de los sauroides.
El tercer modelo que tenían en mente consistiría en interactuar con entidades regresivas del bajo astral a las que conocían muy bien. Estás podrían introducirse en portales orgánicos lirianos y comportarse siguiendo los dictados sauroides, pero dada la gran conexión con la Fuente Original de los lirianos y su avanzado grado de vibración existencial, este modelo no sería puesto todavía en marcha; quizás más adelante cuando la civilización atlante estuviera más controlada y su frecuencia vibracional más acorde con la que se manejaba en el bajo astral.
A partir de ese momento, la civilización de la Atlántida debería de empezar una transición desde los consejos planetarios anteriores hacia un gobierno único mundial. En este gobierno global participarían todos, de manera que los llevara a desarrollar un aparente avance cultural y tecnológico, acelerado por la aportación de las propias razas lirianas y otras altamente espirituales y tecnológicas con las que convivían. También se contaría con la contribución de la Alianza Galáctica cuyo papel podría ser determinante.
Pero esa transición conduciría inexorablemente hacia a una dictadura reptil, un nuevo orden reptil, en el que se convertirían a los lirianos y demás razas humanomorfas en esclavos, aplicando los métodos que fueran necesarios para conseguir seres sumisos, serviles y adoctrinados. Todo para que, llegado el momento, no pudieran sublevarse contra sus tiranos gobernantes. Los reptiles bien sabían a ciencia cierta que la Alianza no haría nada para detener el avance de las razas sauroides.
Y efectivamente, todo parecía indicar que la Alianza se dedicaría a observar la evolución de la Tierra y de los otros planetas del sistema solar. Observar sería su única tarea ya que oficialmente y a la vista de todas las razas miembro de la Alianza, aplicaba a rajatabla la primera directiva y se mantenía firme en su no intervención en el devenir de los asuntos planetarios pensando que debían ser los lirianos los que resolvieran sus problemas fueran estos los que fueran.
Pero ¿qué problemas podría haber en una sociedad floreciente como la Atlántida donde reinaba la armonía y la convivencia entre las diferentes razas era pacífica y colaborativa? ¿Qué necesidad había para una intervención de la Alianza? Los lemurianos no opinaban lo mismo y los Karistus, que lo veían desde fuera de la Tierra con una perspectiva diferente, tampoco.
La Atlántida era una civilización con carácter netamente reptiliano, pero que coexistía con la aguerrida Lemuria que no daba su brazo a torcer y mantenía su pulso al gobierno reptil. Lemuria y otras facciones disidentes habían comprendido desde el mismo principio de la invasión reptil a Sol 13 que las intenciones en la Tierra de los regresivos no eran buenas y que ellos no se dejarían gobernar. Observaban con preocupación la lenta, pero inapelable deriva dictatorial de los infames reptiles. Los lemurianos no se dejaban arrullar por los cantos de sirena que proporcionaba el buen ambiente existente en la civilización liriana atlante que poco a poco era conducida a una placentera condición de bienestar y progreso que adormecía y abotargaba a las mentes más brillantes de la civilización.
Lemuria intentaba informar a la Alianza de lo que estaban observando, pero el control sauroide sobre las comunicaciones era muy fuerte y no permitía que salieran de la Tierra. Cuando lograban esquivar dichos controles y llegaban a contactar con la Alianza, ésta daba largas, con excusas de que la Atlántida se había convertido, tras la guerra, en una civilización floreciente y que, por tanto, no era necesario la intervención aparte de que la primera directiva no les permitía hacerlo. Los atlantes podrían resolver sus presuntos problemas con el tiempo.
A pesar del colorido y la facilidad que los reptiles habían dado a la vida de los lirianos en la Atlántida, para todos aquellos que no habían caído en la trampa y se dieran cuenta en que consistiría su vida con el paso del tiempo y no admitieran el control usungal, el único refugio que les quedaba para escapar de las garras reptiles se encontraba en Lemuria cuya civilización furtiva no dejaría de luchar para echar a los saurios del planeta y del sistema solar.
Mientras tanto, los avances en todas las ramas del saber y de la ciencia eran abrumadores, aunque el gobierno reptil tenía bajo control todo lo que se desarrollaba o inventaba, particularmente en los campos de la metafísica y de la genética. Estaban interesados en saber por qué las razas regresivas tenían tan poca conexión con la Fuente y por qué su poder de creación era tan escaso y, sin embargo, las razas lirianas eran tan prominentes en eso.
Dichos avances serían aprovechados por los usungal y los aplicarían contra la población para sus intereses espurios cuando llegara el momento. Esa era la razón principal por la que los gobernantes reptiles habían sido tan magnánimos al querer establecer una sociedad en la que cupieran todos y funcionara de manera armoniosa e inclusiva. Había mucho que explotar de los lirianos de la Atlántida antes de convertirlos en ganado para sus granjas y esclavizarlos.
El gobierno reptil tenía manga ancha en cuanto a permitir el libre albedrio en la Atlántida, pero no dejaba de controlarlo todo. Incluso, permitía las visitas a la Tierra de innumerables razas extraterrestres siempre y cuando aportaran sabiduría y tecnología que permitieran a los lirianos atlantes avanzar y por consiguiente hacer avanzar también a los reptiles. Sin embargo, tenían muy vigiladas las visitas extraterrestres, incluidas aquellas que pudieran venir en nombre de la Alianza Galáctica, que se hacían a los lemurianos ya que no permitían que estos adquirieran armamento u otras tecnologías foráneas que pudieran representar un peligro para la regencia reptil en la Tierra.
Lo que no entendían muy bien los lemurianos era por qué la Alianza se parapetaba en la primera directiva y no quería darse cuenta del juego sucio de los reptiles gobernantes de la Tierra y había hecho algo para parar su estratagema. Los lemurianos, que conocían perfectamente la primera directiva que aplicaba a rajatabla la Alianza, se quejaban amargamente de la pasividad de la misma. No era cuestión de no interferir en los asuntos de una civilización menos avanzada en vías de desarrollo. Era cuestión de interrumpir la intervención directa de una raza regresiva cuyos objetivos últimos eran la esclavización y el control del progreso y evolución de una civilización más positiva.
Los usungal, con la supervisión de los draco y naga, habían establecido su fortaleza en el continente de Appalachia donde se concentraba la civilización Liria-Gaia con la mayoría de las diferentes razas lirianas allí existentes y donde el control de la guerra había sido más exhaustivo por parte de los reptiles. Al sur del continente de Appalachia se encontraba una población muy grande de arcturianos dieslientiplex y mucho más hacia oriente había una fuerte concentración de andromedanos y celeanos. Sin embargo, la sede principal del gobierno reptiliano se situaba en una región intermedia. Sí, la Atlántida era un bastión de sabiduría y muy avanzado, pero bajo control exclusivamente reptiliano y eso no podía ser nada bueno.
Tanto la civilización Atlante como la Lemuriana seguían manteniendo, aun después de la guerra, tecnología avanzada que les permitía tener capacidad de navegación aérea, incluso navegación interplanetaria con sus puertos espaciales, aunque estuviera muy controlada por los draco y naga cuyas naves espaciales patrullaban alrededor, no solo de la Tierra, si no del sistema solar completo.
Y como antes de la guerra, poseían generadores de energía punto cero en forma piramidal. A diferencia de las pirámides construidas por Lemuria, que utilizan el agua como conductor de polaridad interna, las pirámides atlantes, distribuidas por todo el planeta, usaban mercurio rojo refinado para dar más potencia a dichos generadores. El mercurio era importado desde refinerías que se encontraban fuera del planeta y mayormente se situaban en las constelaciones de Orión y de Draco, sede del consejo de Orión.
Con todo esto, los milenios transcurrían y se producían, con ayuda de los lirianos y de otras razas, los avances científicos y tecnológicos necesarios para permitir a los usungal aplicar dichos avances contra los propios lirianos que hasta ese momento habían disfrutado de una paz relativa en una convivencia armoniosa con otras razas y con los propios reptiles que se había dejado ver poco, aunque hubieran aplicado mano dura sobre algunos aspectos de su gobernanza.
Sin embargo, había llegado el momento de subyugar a la raza liriana y esclavizarla para el aprovechamiento máximo de sus capacidades energéticas. Había que establecer de facto la granja que los reptiles habían ideado miles de años atrás, pero los lemurianos se oponían cada vez con más fuerza a los regresivos y ponían en peligro la estabilidad del gobierno sauroide. Sabiéndose en inferioridad numérica en comparación con los lirianos, había que poner en marcha medidas más drásticas para sortear el peligro y dar un mensaje potente a las facciones disidentes.
§

Un comentario en “Episodio 11: Atlántida, Lemuria y el nuevo orden reptil.”